Empieza preparando la mezcla para las albóndigas. Coloca en un bol la carne de pollo triturada, el huevo, el pan molido, especias como pimienta molida, perejil fresco o seco, ajo molido y sal. Si quieres unas albóndigas más contundentes y jugosas, añade también una rebanada de pan remojada en leche.
Mezcla bien; puedes usar guantes para trabajar con comodidad. Luego separa las porciones y dales forma, creando bolitas del tamaño que prefieras. Procura que todas queden similares para que se cocinen de manera uniforme. Si la masa está demasiado húmeda y se están aplastando rápidamente las bolitas, añade un poco más de pan rallado; la idea es que se sientan pegajosas y suaves, sin perder la forma. Colócalas sobre una bandeja y déjalas reposar unos minutos antes de freírlas, así se asientan y mantienen mejor la forma durante la cocción.
Pásalas por harina y sacude el exceso.
Fríelas en una sartén con abundante aceite caliente hasta que se vean doradas y resérvalas.
Para la salsa, vierte un buen chorro de aceite en una sartén y añade la cebolla, que puede estar cortada en dados medianos o en tiras delgadas según tu gusto. Deja que se cocine unos minutos hasta que esté suave, incorpora el coñac y remueve, deja hervir hasta que se reduzca a la tercera parte para que el alcohol se evapore.
Agrega las especias: paprika o pimentón ahumado en polvo, pimienta y espolvorea la harina encima.
Remueve bien y añade un par de cucharones de caldo.
Mezcla hasta que no queden grumos y reincorpora las albóndigas. Tapa la sartén y deja cocinar a fuego mínimo durante unos 20 minutos.
Al final, verifica la textura de la salsa y rectifica la sazón. Sirve decorando con perejil fresco y acompaña con patatas fritas o puré de patatas. ¡Buen provecho!