Para comenzar, coge un calabacín firme y de buen tamaño. Retira los extremos y córtalo en láminas finas de 3 milímetros de grosor. No es necesario que sean extremadamente delgadas, basta con que mantengan cierta consistencia. Puedes hacerlo con un cuchillo bien afilado o, si prefieres mayor precisión, utilizar una mandolina.
En una sartén coloca un buen chorro de aceite de oliva y caliéntalo a fuego medio. Añade las láminas de calabacín una a una, cuidando que no se superpongan. Déjalas dorar durante un par de minutos y voltéalas para que el otro lado también adquiera un tono ligeramente dorado.
Una vez listas, retíralas y colócalas en un plato amplio, superponiéndolas suavemente hasta cubrir toda la superficie.
Para hacer la salsa pesto, en el vaso de la licuadora coloca hojas frescas de albahaca, piñones (o, si no los consigues, nueces u otro fruto seco), queso parmesano, los dientes de ajo, sal al gusto y aceite de oliva en cantidad suficiente para que la mezcla se emulsione.
Tritura hasta obtener una salsa cremosa y aromática; si prefieres una textura más rústica, utiliza un procesador de alimentos y detén el licuado cuando los ingredientes estén finamente picados.
Decora las láminas de calabacín con esta salsa, distribuyéndola en hilos o pequeños toques para que cada bocado tenga sabor. Puedes añadir más queso rallado por encima, frutos secos troceados y algunos tomates cherry cortados en mitades para aportar color y frescura.
Finalmente, coloca en el centro del plato la burrata entera. Al servir, se puede abrir suavemente para que su interior cremoso se funda con el calabacín y el pesto. ¡Buen provecho!