Empieza batiendo la crema de leche hasta que se formen picos suaves. Primero, separa aproximadamente unos 70 gramos y resérvalos para utilizarlos más adelante. Bate a mano con un batidor de globo o, si prefieres, con una batidora eléctrica, siempre con la precaución de no sobrebatir para evitar que la crema se corte. Una vez lista, guarda la crema en la nevera.
Para preparar la base de la mousse, que consiste en una ganache, coloca el chocolate finamente troceado en un bol resistente al calor y vierte encima los 70 gramos de crema de leche que reservaste.
Calienta esta mezcla al baño María o en el microondas en intervalos cortos, removiendo cada vez, hasta que el chocolate se derrita por completo. Mezcla con espátula de goma hasta obtener una crema homogénea y brillante.
Incorpora el azúcar glas a la ganache y remueve con el batidor de globo para disolver cualquier grumo. Si notas que el azúcar está demasiado apelmazado, tamízala previamente para que sea más fácil integrarla.
Cuando la mezcla esté nuevamente uniforme y a temperatura ambiente, incorpora la crema semibatida reservada en la nevera en 2 a 3 tandas.
Mezcla con una espátula de goma y dando movimientos envolventes, es decir, girando de arriba hacia abajo la espátula mientras rotas el bol. Este método permite que las dos preparaciones se integren sin perder aire, logrando una textura ligera que caracteriza al mousse.
Una vez que la preparación esté bien integrada, reparte la mousse en copas o vasos y llévalos a la nevera. Lo ideal es dejarlos reposar toda la noche, aunque con un mínimo de cinco horas será suficiente para que el chocolate se reafirme y el postre adquiera esa consistencia aireada que lo convierte en una espuma densa.
En el momento de servir, puedes decorar con virutas de chocolate o acompañar con frutas frescas, según tu gusto. ¡A disfrutar!