Coloca la leche condensada en un bol y añade el zumo de limón recién exprimido. Es importante utilizar limón fresco para conseguir un sabor más intenso y evitar el ligero amargor que puede tener el zumo envasado.
Remueve la mezcla con unas varillas hasta que empiece a espesar y adquiera una textura cremosa. Esto ocurre porque el ácido del limón coagula las proteínas de la leche condensada (la caseína), aportando consistencia al mousse.
En otro bol, bate la crema de leche con un batidor de globo hasta obtener picos suaves. No es necesario montarla por completo, ya que el zumo de limón también ayudará a darle firmeza. El objetivo es incorporar aire para conseguir una textura ligera y esponjosa.
Añade la crema batida poco a poco a la mezcla de leche condensada y limón, integrándola con movimientos envolventes hasta obtener una preparación homogénea y aireada.
Tritura las galletas de forma rústica y repártelas en el fondo de copas o vasos, formando una base generosa que aporte un agradable contraste de textura.
Vierte el mousse sobre las galletas y da unos suaves golpecitos a las copas para nivelar la superficie. Después, refrigera el postre durante toda la noche para que adquiera una consistencia firme y cremosa.
Antes de servir, decora con un poco de ralladura de limón. Ya tendrás listo un mousse de limón con leche condensada, fresco, ligero y perfecto para disfrutar en los días de más calor.