Empieza colocando en un bol la leche condensada y añade el jugo de limón recién exprimido. Remueve bien hasta que se forme una crema homogénea. Si la dejas reposar por un par de minutos notarás que la mezcla toma cuerpo y se vuelve untable.
Agrega el queso crema y bate hasta obtener una crema uniforme, libre de grumos. Si lo prefieres, puedes utilizar un batidor de globo para que la mezcla se integre con mayor facilidad.
Comienza a armar la tarta. Puedes hacerlo en un molde circular o rectangular según la forma de las galletas. Si no tienes molde, aprovecha la forma de las galletas y crea una tarta con aspecto de flor utilizando las clásicas galletas María circulares. Para lograrlo, coloca una galleta en el centro y rodea con cinco o seis alrededor, formando un pétalo en cada lado. Si prefieres una versión más pequeña, también puedes juntar cuatro galletas y darles forma de trébol.
Coloca las galletas de vainilla sobre la base del molde, una junto a otra y bien pegadas entre sí, procurando cubrir toda la superficie sin dejar huecos. Si es necesario, parte algunas galletas para adaptarlas a los bordes y conseguir una base uniforme, que servirá de soporte para las siguientes capas de la tarta.
Vierte un par de cucharones de crema de limón y espárcela sobre la superficie. Continúa intercalando más galletas y más crema hasta lograr una buena altura. Si no estás utilizando ningún molde, alisa las paredes siguiendo la forma de las galletas para retirar el exceso de crema y rellenar cualquier huequecillo.
Para decorar, tritura algunas galletas hasta obtener un polvo fino y espárcelo de manera uniforme sobre la superficie de la tarta, procurando no cubrir los laterales para que se aprecien las capas. Después, refrigérala durante toda la noche para que la crema adquiera consistencia y las galletas se integren con el relleno.