Para comenzar, prepara la crema de limón. En un bol, coloca el queso crema y añade la nata para montar junto con la leche condensada para endulzar la mezcla. Remueve enérgicamente con un batidor de varillas hasta que estos tres ingredientes se integren en una mezcla homogénea y suave.
Cuando la crema esté lista, incorpora el jugo de limón. Este ingrediente es clave porque “corta” la mezcla y la vuelve más firme y cremosa, además de coagular las proteínas de los lácteos, lo que le da consistencia a la tarta sin necesidad de usar ingredientes gelificantes como la gelatina, el huevo o el horno.
Mezcla bien con el batidor hasta que todo se integre nuevamente en una crema uniforme. En este punto, si lo deseas, puedes añadir ralladura de limón para intensificar el sabor y darle un toque más fresco.
Una vez preparada la crema, monta la tarta. Coloca una capa de galletas de vainilla en la base del molde y cúbrela con un tercio de la crema de limón. Añade otra capa de galletas sobre la crema y vierte el segundo tercio de la preparación.
Deja la tarta en la nevera durante toda la noche. Este reposo permitirá que se compacte y sea fácil de desmoldar y cortar. Al día siguiente, pasa un cuchillo o espátula por el borde, desmolda con cuidado y decora con más galletas de vainilla y rodajas de limón fresco. ¡A disfrutar!